La vida es la unión entre la mente, el cuerpo y el espíritu. Nuestro espíritu proviene del universo, nuestro cuerpo de nuestros padres y cuando ambos se unen, los dos son conectados a través de la mente.

La muerte es la separación de la mente, el cuerpo y el espíritu y es cuando la mente cesa de ser la conexión entre los dos. En este momento, nuestro cuerpo vuelve a la tierra y nuestro espíritu continúa su trayecto con todas su memorias, hábitos, arraigos emocionales y deseos creados durante nuestra vida.

Al término de nuestra vida, la luminosidad de nuestro espíritu queda fijada dependiendo de cómo hemos vivido nuestra vida. Nuestro cuerpo es el vehículo a través del cual podemos hacer que el espíritu sea más luminoso, practicando el desarrollo de una mente con bondad, generosidad y compasión; sólo así que podemos cambiar el nivel de luminosidad de nuestro espíritu durante nuestra vida física.

Cuando esta existencia física llega a su final, la vida de nuestro espíritu continúa en un plano invisible y tiene el deber de cuidar a las generaciones futuras a su paso por la Tierra. Los miembros de la misma familia comparten genes y vibración energética, ya que es muy similar y por tanto es fácil conectar unos con otros, es por ello que el estado de nuestros antepasados tiene un constante impacto en nuestras vidas.